Por Rex Reverber, con una ventana cerrada y la sospecha de que el aire de ayer pertenecía a alguien.
Atención, caminantes del polvo, habitantes de casas mal selladas y ciudadanos que todavía recuerdan cómo era respirar sin negociar con el ambiente. El Ayuntamiento de Polvo ha inaugurado la Oficina de Corrientes Perdidas, una ventanilla especializada en recibir reclamaciones de personas que aseguran haber extraviado una ráfaga, una brisa familiar o el último aire limpio de la región.
La iniciativa comenzó cuando un vecino de Costra Baja acudió al consistorio para denunciar que su patio llevaba tres semanas sin moverse. Según su declaración, antes había una corriente que levantaba las cortinas, enfriaba la sopa y se llevaba discretamente las conversaciones demasiado largas. El funcionario aceptó la reclamación después de comprobar que el formulario adecuado no era el de pérdida de propiedad, sino el de desaparición atmosférica con apego sentimental.
Desde entonces, la oficina recibe casos de toda naturaleza. Una mujer reclama una brisa que entraba por la cocina antes de que la cocina tuviera tres agujeros en el techo. Un comerciante busca el viento que una vez le empujó un carro cuesta arriba. Un anciano sostiene que perdió una corriente de aire durante una tormenta y que, desde entonces, todos sus suspiros regresan con polvo.
El impreso principal, conocido como 6-V: Viento Extraviado, exige describir la dirección original, la velocidad aproximada y el olor que tenía la corriente antes de desaparecer. También pregunta si el solicitante aceptaría recibir un viento equivalente, aunque proceda de otro barrio, otro año o una zona donde todavía se cultiven tomates. La mayoría marca “preferiría el mío”, incluso cuando no sabe explicar qué lo hacía diferente.
La administración ha instalado mesas con botellas, abanicos de hélice y pequeños sacos de tela para conservar muestras. Los técnicos aseguran que una ráfaga bien archivada puede durar meses si se mantiene lejos de los ventiladores oficiales. El problema es que cada vez que abren un recipiente para identificar su contenido, la corriente sale, cruza la sala y se pierde en el despacho de Reclamaciones Generales. Allí ya nadie sabe qué está esperando.
El mercado ha reaccionado con su eficacia habitual. Se venden brújulas para localizar corrientes, certificados de autenticidad del aire y jaulas de alambre para vientos inquietos. Un comerciante ofrece recuperar brisas de infancia por una tarifa razonable, aunque advierte que algunas regresan con muebles, voces y una tristeza difícil de ventilar.
Los vecinos están divididos. Unos creen que registrar el viento permitirá repartir mejor la sombra y evitar que las ráfagas útiles terminen siempre en los tejados de quienes tienen más tejado. Otros sospechan que el Ayuntamiento pretende cobrar una tasa por cada corriente que atraviese una calle sin permiso. La alcaldesa lo niega, pero ha creado una comisión para estudiar el asunto, y todos sabemos que una comisión es una nube con sello.
Desde esta frecuencia recomendamos cerrar bien los cajones, no guardar el aire en recipientes de comida y dejar una ventana abierta cuando el mundo parezca demasiado quieto. Si encuentran una brisa perdida, no la devuelvan a la carretera sin documentación. Puede que sea de alguien. Puede que solo esté buscando un lugar donde descansar. Y en el yermo, hasta el viento necesita demostrar que tiene domicilio.