LA OFICINA DE SEMÁFOROS HUÉRFANOS MULTA A QUIENES CRUZAN DONDE YA NO HAY CALLE
Por Rex Reverber, transmitiendo desde un cruce donde la luz roja lleva dos horas mirándome como si yo le debiera una disculpa.
Atención, caminantes del polvo, caravanas con prisa y ciudadanos que todavía creen que una carretera debe existir para ser obedecida. En el asentamiento de Kilómetro Nadie ha abierto sus puertas la Oficina Municipal de Semáforos Huérfanos, una institución dedicada a rescatar, catalogar, instalar y defender la dignidad administrativa de todas esas luces de tráfico que sobrevivieron al fin del mundo pero perdieron su cruce, su acera y, en muchos casos, la razón.
La oficina ocupa una caseta hecha con chapa de autobús, archivadores militares y tres señales de stop soldadas al revés. En su fachada puede leerse el lema oficial: “Los cuidamos, los instalamos, los hacemos respetar”. Debajo, alguien ha añadido con tiza: “Aunque ya no sepamos por qué”. La frase fue retirada, multada y archivada como comentario hostil hacia la infraestructura sensible.
El proyecto nació, según el funcionario a cargo, Don Ulpiano Luzviva, tras descubrir un almacén subterráneo con cuarenta y siete semáforos pre-guerra todavía capaces de encender rojo, verde y una tercera luz amarilla que parpadea como una advertencia espiritual. “No podíamos dejarlos ahí, abandonados, sin peatones que juzgar”, explicó mientras sellaba un formulario con una solemnidad impropia de alguien sentado sobre una caja de munición vacía. “Todo semáforo merece un cruce. Y si el cruce ya no existe, se le inventa uno”.
El primer semáforo adoptado, conocido como 47-B, fue instalado en mitad de una explanada donde antiguamente pasaba una avenida y ahora solo circulan viento, latas y culpa. Desde entonces, toda persona que atraviese la zona debe detenerse ante la luz roja, avanzar con la verde y mirar a ambos lados aunque ambos lados sean el mismo desierto repitiéndose hasta la náusea.
Las multas llegaron enseguida. Un pastor de brahmin recibió sanción por cruzar en verde sin actitud de agradecimiento. Dos saqueadores fueron penalizados por huir de una emboscada sin esperar el cambio de luz. Una anciana que llevaba tres días parada frente al rojo fue felicitada por civismo extremo, deshidratada con cuidado y enviada a casa con un descuento para futuras infracciones.
La comunidad está dividida. Los comerciantes celebran que las caravanas se detengan lo suficiente para venderles agua, recambios y consejos contradictorios. Los niños han convertido el semáforo en un juego peligroso donde gana quien obedece más tiempo antes de llorar. Los conductores, por su parte, recuerdan que ya casi nadie tiene vehículo, gasolina ni destino, pero admiten que una luz roja da al viaje una sensación de propósito que el yermo rara vez ofrece gratis.
Los críticos acusan a la oficina de fabricar burocracia donde solo había polvo. Don Ulpiano rechaza el cargo. Según él, la civilización no desaparece cuando caen las ciudades, sino cuando la gente empieza a cruzar como le da la gana. “Primero ignoras una luz roja”, declaró. “Luego ignoras una ordenanza. Después una promesa. Al final estás casado con una banda de caníbales y llamas libertad a no llevar recibos”.
El Consejo Provisional de Kilómetro Nadie ha pedido un informe técnico. El informe, de treinta y nueve páginas y una mancha de sopa, concluye que los semáforos no regulan tránsito real, pero sí producen una saludable sensación de culpa compartida. También advierte que algunos modelos parecen desarrollar apego emocional a los infractores reincidentes. El 47-B, por ejemplo, parpadea en rojo cada vez que se acerca una mujer llamada Petunia Casquillo, quien asegura no conocer al aparato aunque admite haberlo mirado “con pena” una tarde nublada.
Como ocurre siempre que alguien descubre una forma nueva de cobrar, han aparecido negocios paralelos. Un taller vende permisos de cruce preferente impresos en cartón de cereal. Un predicador afirma que la luz amarilla es una señal divina para arrepentirse antes de girar a la izquierda. Tres mercenarios ofrecen servicio de escolta administrativa: te acompañan hasta el semáforo, esperan contigo y disparan al horizonte si el horizonte se muestra impaciente.
Desde Radio Rad-Yermo recomendamos prudencia. Si se encuentran con un semáforo en mitad de ninguna parte, no lo insulten. Las máquinas viejas han visto demasiadas cosas y algunas conservan memoria de cuando el mundo fingía funcionar. Esperen al verde si tienen tiempo, agua y una relación estable con la obediencia. Si no, crucen mirando al suelo y preparen chapas para la multa.
La Oficina anuncia nuevas adopciones durante las próximas semanas: pasos de peatones sin peatones, rotondas portátiles para asentamientos con nostalgia circular y un programa piloto de señales de “ceda el paso” destinadas a discusiones matrimoniales. Seguiremos informando si los cruces vuelven, si los semáforos aprenden a perdonar o si alguien consigue explicar por qué una luz roja, en un mundo ya destruido, todavía puede hacernos sentir culpables.
Hasta entonces, recuerden: el yermo puede haber perdido sus carreteras, sus mapas y la mayor parte de sus modales. Pero mientras quede una bombilla roja encendida en mitad del polvo, habrá alguien dispuesto a cobrarte por no esperar.