EL MINISTERIO DE LAS PILAS EXIGE DECLARAR TODA BATERÍA QUE CONSERVE MEMORIA

Por Rex Reverber, transmitiendo con una batería en el bolsillo y la sospecha de que algo pequeño sigue llamando desde dentro.

Atención, caminantes del polvo, electricistas sin licencia y ciudadanos que conservan un cajón lleno de cosas que “algún día pueden servir”. El Ministerio de las Pilas ha puesto en marcha una campaña de inspección para registrar toda batería que todavía conserve memoria, carga residual o una relación emocional inexplicable con su antiguo propietario.

La operación comenzó en Carga Residual, donde un funcionario con guantes de goma encontró una pila de mando a distancia que recordaba perfectamente el canal de una comedia previa a la guerra. El aparato no tenía televisor, mando ni pilas hermanas, pero al acercarse a él emitía un pitido breve y decepcionado. El Ministerio clasificó el caso como “recuerdo eléctrico de intensidad administrativa”.

Desde entonces, los inspectores recorren mercados, sótanos y dormitorios abandonados con balanzas de precisión, archivadores y formularios para declarar el pasado portátil. Las baterías deben indicar su voltaje original, último uso conocido, número de dispositivos traicionados y si alguna vez alimentaron un juguete, un teléfono o una contraseña que su dueño ya no puede recordar.

La norma distingue entre pilas cansadas, pilas nostálgicas y pilas peligrosamente sentimentales. Las primeras se reciclan. Las segundas reciben una etiqueta amarilla y se almacenan lejos de los niños. Las terceras pasan a una cámara de aislamiento porque, según el informe ministerial, “una batería que recuerda demasiado podría intentar volver a su casa”. Nadie ha explicado dónde está esa casa. Nadie quiere ser el primero en preguntar.

Los comerciantes han reaccionado con la velocidad habitual del mercado cuando huele una tasa nueva. Ya se venden fundas de protección para recuerdos eléctricos, certificados de adopción para pilas sin aparato y pequeños ataúdes acolchados para baterías que han dejado de responder pero todavía iluminan una esquina durante unos segundos. Un vendedor ofrece contraseñas prebélicas de segunda mano. Asegura que funcionan mejor si uno no sabe para qué sirven.

La población está dividida. Algunos supervivientes consideran razonable registrar cualquier fuente de energía que pueda activar un teléfono, una alarma o una máquina con opiniones. Otros creen que nadie debería pagar impuestos por conservar una pila de juguete que lleva dos siglos esperando que alguien vuelva a pulsar el botón rojo. “Nos quitaron la luz, la intimidad y los enchufes”, declaró una mujer en la cola. “Si ahora quieren también nuestras pilas, que traigan cambio”.

El Ministerio recomienda no agitar baterías antiguas, no acercarlas a fotografías familiares y no preguntarles qué vieron antes de la guerra. También aconseja guardar las pilas en recipientes secos, lejos de la humedad, los perros y los parientes que dicen que solo vienen a echar un vistazo. Si una batería se enciende sola, evacúen la habitación con calma. Si pronuncia su nombre, evacúen la memoria.

Desde esta frecuencia aconsejamos revisar los cajones, declarar lo imprescindible y dejar en paz a la pequeña pila que aún conserva el último mensaje de un teléfono muerto. Puede que no alimente nada. Puede que solo mantenga encendida una lucecita verde contra todo pronóstico. En el yermo, a veces eso cuenta como una forma modesta de esperanza.