Por Rex Reverber, transmitiendo con una manta en los hombros, tres horas de sueño pendiente y la sospecha de que mi almohada informa al municipio.

Atención, supervivientes con ojeras reglamentarias, comerciantes de café dudoso y ciudadanos que todavía creen que dormir es una actividad privada. En el mercado de Columna Torcida acaba de abrir la Inspección Provisional de Colchones, Sacos y Superficies de Reposo, una oficina dedicada a certificar que nadie sueñe por encima de sus posibilidades.

La institución ocupa una caseta hecha con somieres soldados, archivadores militares y una cortina que parece haber sobrevivido a tres incendios por pura burocracia. En la entrada, un cartel casi ilegible advierte que todo colchón, manta, hamaca, sillón roto, alfombra enrollada o montón de ropa con aspiraciones terapéuticas deberá pasar revisión antes de ser usado para dormir más de veinte minutos consecutivos.

Según la inspectora jefe, Doña Fulgencia Muelles, el problema no es el descanso en sí, sino sus consecuencias administrativas. “La gente se tumba sin control, sueña cosas, despierta con ideas y luego pretende aplicarlas”, explicó mientras clavaba un sello sobre una almohada que no había opuesto resistencia. “Así empiezan las rutas nuevas, los matrimonios inconvenientes y las revoluciones con mala espalda”.

El nuevo reglamento divide el sueño en cinco categorías. Cabeceo accidental: libre de tasas si no genera recuerdos. Siesta ligera: permitida con aviso verbal al vecino más cercano. Sueño profundo: requiere licencia, testigo y declaración de no haber visto ciudades intactas, familiares muertos o máquinas expendedoras llenas. Pesadilla: se considera actividad de riesgo y debe notificarse al despertar. Sueño profético: queda prohibido hasta nueva orden, salvo para funcionarios con plaza fija.

Las inspecciones son minuciosas. Un empleado golpea el colchón con una llave inglesa para comprobar su sinceridad. Otro acerca un contador geiger, no tanto para medir radiación como para detectar nostalgia acumulada. Si los muelles suenan demasiado esperanzados, el descanso queda suspendido. Si la almohada conserva forma de cabeza pensativa, se abre expediente.

Los primeros multados no tardaron en llegar. Un pastor de brahmin fue sancionado por quedarse dormido sobre dos sacos de pienso y declarar, al despertar, que había soñado con un prado. El prado no constaba en el catastro local. Una chatarrera recibió aviso por una hamaca que producía sueños recurrentes de agua corriente. Tres niños fueron obligados a rellenar el formulario S-12 después de construir una fortaleza de mantas donde, según testigos, “se podía descansar sin sentirse vigilado”.

El mercado ha reaccionado como reacciona siempre el yermo cuando alguien inventa una norma: creando negocios para esquivarla. Ya se venden certificados de insomnio preventivo, almohadas con doble fondo para ocultar sueños pequeños y colchonetas declaradas oficialmente como “superficie de espera horizontal”. Un reparador ofrece eliminar recuerdos de sábanas usadas con vapor, vinagre y amenazas suaves.

No todos están en contra. La Asociación de Vecinos que Roncan con Culpa asegura que la medida traerá orden a las noches compartidas. “Antes cualquiera se dormía y empezaba a gemir nombres, números de búnker o recetas de sopa”, dijo su portavoz. “Ahora, al menos, sabremos quién tiene permiso para inquietarnos”. Los mercaderes también celebran que las colas de inspección obliguen a la gente a permanecer despierta justo frente a los puestos de estimulantes.

La parte más delicada del reglamento afecta a los sueños de antes de la guerra. Quien despierte diciendo haber visto calles limpias, luces sin parpadeo, neveras llenas o una cama que no intenta morder deberá presentarse en la oficina para una entrevista de reajuste emocional. Doña Fulgencia insiste en que no se trata de censura, sino de higiene pública. “La esperanza no declarada contamina más que el moho”, dijo. “Y el moho, por lo menos, se puede rascar”.

Desde esta frecuencia recomendamos prudencia. Si van a dormir, revisen primero que su colchón no tenga número de serie, que los muelles no susurren y que ningún funcionario esté midiendo sus párpados desde una distancia sospechosamente legal. En caso de pesadilla, no griten nombres propios: los nombres propios abren ventanillas.

La Inspección anuncia próximas campañas: control de cabezadas en reuniones, homologación de mantas tristes y un plan piloto para cobrar recargo a quienes despierten “demasiado renovados”. Seguiremos informando si el descanso vuelve a ser libre, si los colchones se sindicalizan o si alguien consigue dormir ocho horas sin generar un trámite.

Hasta entonces, cuiden sus espaldas, escondan sus almohadas buenas y recuerden: en el yermo pueden quitarte el techo, el agua y la fe en los mapas. Pero cuando empiezan a pedirte licencia para soñar, quizá lo revolucionario sea echarse una siesta sin avisar a nadie.