LOS MENSAJEROS DEL YERMO COBRAN SUPLEMENTO POR ENTREGAR MALAS NOTICIAS DOS VECES
Por Rex Reverber, transmitiendo con una carta sin abrir, tres facturas abiertas por error y la sospecha de que el correo sobrevivió al apocalipsis solo para aprender a cobrarnos intereses.
Atención, caminantes, comerciantes, viudas preventivas y ciudadanos que todavía reciben correspondencia aunque nadie recuerde quién inventó las direcciones. El Gremio de Mensajeros Reincidentes ha anunciado una nueva tarifa para todas aquellas malas noticias que deban entregarse dos veces porque el destinatario se negó a creerlas la primera.
La medida, aprobada ayer en una reunión celebrada bajo una lona agujereada junto a la ruta de Piedra Tibia, establece el llamado suplemento de incredulidad: tres chapas adicionales por repetir una muerte, cinco por confirmar una deuda, siete por insistir en que una casa ya no existe y tarifa negociable para catástrofes sentimentales que requieran pañuelo, testigo o silla cercana.
Según el portavoz del gremio, una mujer con botas de cartero, abrigo antibalas y la paciencia de quien ha sido mordida por demasiados buzones, el problema se ha vuelto insostenible. “La gente quiere malas noticias baratas, rápidas y emocionalmente cómodas”, declaró mientras sellaba un paquete que hacía ruidos de arrepentimiento. “Pero si uno cruza doce kilómetros de polvo para informar de que su caravana ha explotado, no puede volver gratis porque usted dice que eso no le viene bien esta semana”.
Los casos se acumulan. En Pozo Afónico, un mensajero tuvo que comunicar tres veces a un agricultor que su primo había sido elegido alcalde accidental de una banda de saqueadores. El hombre rechazó la noticia alegando que su primo no tenía experiencia política suficiente, argumento que el yermo recibió con una carcajada seca y una emboscada administrativa. En Loma Tuerca, una familia pidió repetir el pésame porque la primera entrega “sonó demasiado optimista”.
La nueva tabla tarifaria distingue entre negación leve, negación teatral y negación armada. La negación leve incluye frases como “seguro que hay un error”, “¿ha mirado bien el cadáver?” o “mi deuda no usaría ese tono”. La teatral requiere que el destinatario se lleve una mano al pecho, mire al cielo y acuse al mensajero de arruinar la merienda. La negación armada, como su nombre indica, obliga al profesional a repetir la noticia desde detrás de una roca y con recargo por silbido de bala.
Los comerciantes han protestado con la energía que solo da una factura inesperada. La Asociación de Tenderos que Ya Sospechaban Algo considera que el suplemento castiga a los pequeños negocios, especialmente a aquellos que reciben malas noticias a granel: caravanas perdidas, mercancía radiactiva, empleados fugados, proveedores que ahora son niebla y clientes que prometen pagar “cuando mejore el mundo”. El gremio responde que la incredulidad también pesa y que nadie repara las rodillas de los mensajeros por vocación poética.
Algunos asentamientos estudian crear oficinas de recepción emocional para abaratar costes. La idea consiste en reunir a varios vecinos y entregar todas las malas noticias de la semana en bloque, con descuento por lágrima compartida. El proyecto piloto fracasó en Barranco Medio cuando una carta sobre impuestos, una ruptura matrimonial y una orden de desalojo de una tienda de campaña se mezclaron en el mismo discurso, provocando un duelo, una boda inversa y una cooperativa fiscal que nadie sabe cómo disolver.
Los mensajeros defienden que su trabajo se ha vuelto más complejo desde que el yermo desarrolló tantas formas de desgracia repetible. Antes bastaba con decir “han robado su brahmin”. Ahora hay que aclarar cuál de las dos cabezas firmó el recibo, si el animal se marchó voluntariamente, si dejó una nota y si la nota cuenta como correspondencia saliente. Todo eso, queridos oyentes, no cabe en una tarifa plana.
Desde Radio Rad-Yermo recomendamos preparar el bolsillo y el espíritu. Si un mensajero llama a su puerta con sombrero bajo, sobre doblado y expresión de haber visto demasiada verdad antes del desayuno, escuchen con atención la primera vez. Puede que la noticia sea terrible, injusta o gramaticalmente confusa, pero repetirla no la vuelve más amable. Solo más cara.
También conviene recordar una regla antigua: matar al mensajero no cancela el mensaje. Como mucho genera otro mensaje, otro mensajero y, según la nueva normativa, un suplemento por continuidad narrativa no solicitada. En el yermo incluso la tragedia aprende a hacer cola.
El Gremio de Mensajeros Reincidentes probará la tarifa durante treinta días o hasta que alguien entregue una queja por duplicado. Seguiremos informando si los precios suben, si las malas noticias empiezan a viajar por su cuenta o si algún superviviente descubre el método definitivo para no pagar: creer a la primera y llorar en silencio, que de momento sigue siendo gratis.