Por el locutor de guardia, con el micrófono apoyado sobre una caja que jura haber sido mesa.

Atención, caminantes del polvo, chatarreros con memoria y familias que todavía guardan un ladrillo de la casa que explotó antes de que naciera el abuelo. La nueva Aduana de Escombros del Paso Gris ha anunciado que, a partir del próximo amanecer o de lo que el funcionario de guardia considere amanecer, toda piedra transportada entre asentamientos deberá ser declarada en el formulario 7-B: Material Inerte con Posible Carga Emocional.

La medida, según el comunicado clavado con tres cuchillos a una puerta que no pertenece a ningún edificio, busca frenar el tráfico de cascotes no homologados, grava nostálgica, tejas de procedencia dudosa y restos de acera usados como moneda sentimental. La autoridad insiste en que no se trata de un impuesto, sino de una contribución preventiva a la estabilidad mineral del yermo. Lo cual, traducido del burocrático al idioma humano, significa que si llevas una piedra, alguien quiere cobrarte por ella.

El primer incidente se produjo con una caravana de Latón Bajo que intentó cruzar el puesto con cuarenta y dos kilos de ruinas familiares. La dueña del cargamento declaró que solo llevaba recuerdos. El inspector respondió que precisamente por eso pesaban tanto. Después de tres horas de discusión, dos sellos rotos y una báscula que empezó a llorar arena, la caravana tuvo que pagar seis chapas, una canción triste y media lata de melocotones vencidos.

Los nuevos criterios son sencillos, dicen. Una piedra pequeña sin historia puede pasar libremente. Una piedra que haya formado parte de una cocina, una tumba, una escuela, un refugio, una promesa matrimonial o una barricada contra mutantes entra en categoría naranja. Si la piedra conserva olor a sopa, sangre, infancia o decepción política, pasa automáticamente a categoría roja y debe permanecer en cuarentena emocional durante veinticuatro horas.

Varios vecinos han protestado alegando que el yermo entero está hecho de escombros, y que declarar cada fragmento equivaldría a rellenar papeles hasta que volviera la civilización solo para suicidarse de aburrimiento. La Aduana ha respondido con serenidad administrativa: no hay problema, también se aceptan declaraciones colectivas de paisaje, siempre que el solicitante adjunte mapa, firma, testigo sobrio y una muestra representativa de desolación en bolsa transparente.

Los comerciantes, por supuesto, ya han olido negocio. En el mercado de Cuneta Dulce se venden certificados falsos de piedra huérfana, etiquetas de “cascote sin apego” y kits para borrar recuerdos de ladrillos mediante cepillo metálico y mentiras convincentes. Un vendedor aseguró que sus productos son completamente legales en tres asentamientos y moralmente discutibles en todos los demás, que es casi una garantía premium por estos lares.

La parte más delicada llega con los monumentos portátiles. Mucha gente del yermo carga restos de lugares que ya no existen: un trozo de pared, una baldosa, la esquina chamuscada de una fotografía pegada al cemento. Para unos es basura. Para otros, patria. Para la Aduana, mercancía regulada. Y ahí es donde el papel empieza a morder más fuerte que la radiación.

La recomendación profesional, que no ha sido revisada por ningún abogado vivo, es la siguiente: si vais a cruzar el Paso Gris, llevad solo piedras aburridas. Nada de nombres, nada de fechas, nada de promesas. Y si una roca os habla de vuestra madre, decidle que se esconda en el zapato y que respire despacio. En el yermo todavía puedes perder la casa, la memoria y el camino, pero por favor: no olvides pedir recibo.